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cebollas no entienden de nanas ni cosa que se le parezca,
al menos a primera vista. Son hortalizas redondas que parecen
gustar de los tacos y la vena popular, como bien probó
Miguel Hernández.
Eso sí: son juguetonas y disfrutan aparentando gran
rudeza, que mantienen hasta el final con quienes no saben
tratarlas. De entrada son duras con todos y no hay quien se
libre de unas buenas lágrimas que acaban muchas veces
en llantina.
Pero es sólo una táctica defensiva hasta que
conocen las verdaderas intenciones. A partir de entonces es
cuando o bien abren su corazón y se entregan sin condiciones
o bien lo mantienen cerrado y duro como una piedra. Este último
caso es el que les ha dado tan mala fama a lo largo de la
historia, una historia que se remonta a los antiguos persas
y al Egipto de los faraones.
Desde entonces han quedado vinculadas a los pobres y a los
ordinarios, en verdad a todos cuantos han sido toscos con
ellas y las han abordado crudamente. Por esa vía no
hay mucho que hacer: su respuesta no es fácil de digerir
y deja muy mal sabor de boca.
A la cebolla la pierde el calor, el fuego del hogar para ser
más precisos, porque cuando hay temperaturas elevadas
de por medio cambia por completo. Históricamente la
cambiaron los primeros que supieron incorporarla a los guisos:
en ambiente cálido, bien acompañada, se entrega
como nadie, se enternece, se derrite, se vuelve sedosa y mantecosa,
pura delicia en boca. El no va más lo puso sin embargo
quién fue un poco más lejos, y en vez de deshacerla,
la mantuvo intacta de apariencia, casi tal cual por fuera,
pero vacía y llena de una mejor sustancia. Dicen que
fue un francés, hombre o mujer, que eso no importa,
allá en su patria, y lo hizo, al parecer, con carne
(La Pardo Bazán llamaba a las cebollas rellenas “a
la francesa”, y lo estaban de setas). En nuestra triste
posguerra una cocinera entreguina, “La Nina”,
algo de eso habría oído cuando decidió
alegrarla un poco con su ocurrencia: rellenar las soberbias
cebollas asturianas con uno de los pocos ingredientes que
tendría a mano fácilmente por aquel entonces
en su bar “La Laguna”, el bonito en lata. Ya estaba
armada. Luego “La Conda”, con ese mismo plato,
se puso de moda a fines de los sesenta y media Asturias se
sintió en el deber de peregrinar hasta El Entrego para
probar y repetir en una y otra casa. Y el resto lo pusieron
el conjunto de los entreguinos, el día que decidieron
convertir el plato en fiesta y celebrarla colectivamente cada
30 de noviembre
desde hace ya más de treinta años. |
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| Ingredientes
Cebollas,
Aceite, Sal, Harina.
Relleno
Carne
Picada de ternera, vino blanco seco, pimentón, guindilla,
cebolla, aceite de oliva, perejil picado y sal gorda o bonito,
vino blanco seco, pimentón, guindilla, cebolla, aceite
de oliva, perejil picado y sal gorda.
Elaboración
Se rellenan las cebollas con carne, se añade salsa
de tomate y huevo cocido picado. En caso de poner bonito,
se mezcla con salsa de tomate, pimiento y huevos cocidos picados.
Con la ayuda del ahuecador se vacían y se rellenan
con el picadillo preparado. En una sartén se fríen
las cebollas, procurando que queden doradas por todos los
lados, poniéndoles aceite caliente ya fritas, se pasan
para una cazuela. Se hace una salsa con cebolla picada y cuando
ya está dorada se le añade un pimiento picado,
dos cucharadas de puré de tomate, una cucharada de
harina, un diente de ajo machacado en el mortero, una rama
de perejil con un buen chorro de vino blanco; se da un hervor
a esta salsa y se pone con las cebollas añadiendo algo
más de agua y vino blanco en caso de necesitarlo, se
dejan cocer unas dos horas. En su punto se pasan para una
fuente; la salsa se pasa por el chino y, bien caliente, se
pone sobre las cebollas y se sirven.
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